domingo, 4 de mayo de 2008

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Los copos flotaban sin rumbo, llenando el espacio. Sus manos intentaban atraparlos en su vuelo, pero ellos huían con astucia, anticipando cada movimiento, cada delicado zarpaso. Sus brazos y piernas hondeaban con fuerza en un “cielo” blanco, formando la figura de un ángel.

Desde las escaleras del pórtico, su madre la observaba, sonriendo... aguardando.

Luego de cada paso volteaba para admirar las huellas dejadas por sus pequeñas botas rojas. Se sentía una pionera en ese terreno virgen, inmaculado. Era la primera nevada, un día en el que confluían los últimos rezagos de sol con el gélido inicio de invierno.

Una lágrima fue recorriendo el rostro de la mujer, marcando de negro la piel a su paso. Ema no jugaría en la nieve la mañana siguiente. El prolongado letargo había llegado a su fin. No había lugar para dudas. Esa misma tarde, el poderoso somnífero cobraría otra víctima.

La pequeña se dejó caer de espaldas sobre un gran cúmulo de algodón y pensó que así debía ser allá arriba, y que así debía sentirse papá cada vez que las miraba y protegía. Una suave voz interrumpió sus pensamientos: “Ema, cariño. Es la hora de cenar.” La niña se levantó, saludó alegremente a su madre con la mano y corrió hacia ella.

Ese día no había lugar para dudas y no las hubo. No hubo vuelta atrás.

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